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Se detecta por primera vez cuando estos molares erupcionan en boca.

El resultado es un defecto clínico que puede ir desde manchas u opacidades del esmalte hasta un esmalte suave y poroso que puede resultar estéticamente desagradable, muy sensible a los cambios de temperatura o al tacto, y dar lugar a una destrucción post-eruptiva muy rápida, con formación de caries atípica e incluso ruptura del diente a la masticación.

 

La causa es de origen sistémico y aunque aún no se sabe con certeza, se atribuye a alteraciones y agresiones ambientales que hayan podido incidir en el proceso de maduración de los dientes, cuando los niños tienen menos de 3 años. Estas pueden ser debidas a enfermedades, a la ingestión de ciertos medicamentos, aditivos alimentarios, e incluso a la exposición a algunos componentes de envases plásticos.

Los datos más recientes que se manejan hablan de una prevalencia, que además va en aumento, de uno de cada cinco niños, lo cual es muy preocupante ya que a estas edades el tratamiento puede ser muy complicado por la ansiedad que produce en el niño.

Así mismo la presencia de esta patología puede comprometer enormemente la higiene bucodental lo que favorece el acúmulo de placa y el desarrollo de caries puede ser muy rápido.

En estos casos la prevención es más importante que nunca para evitar el deterioro del diente y su pérdida temprana.